Things I've had fun with
(All in Spanish and mostly untranslatable)


 visitors since the inception of this page.

Copyrigth © 2002 Juan Navarro and family; all rights reserved (except for the anonymous stuff).

Juan's home page


Exchange student

¡Oye, tú! Si, tú, que ingenuamente estás practicando tu inglés para rendir el TOEFL y postular a un semestre de intercambio en Estados Unidos. Yo, que fui embaucado de la misma manera, considero un deber moral advertirte del antro en el que piensas ir a meterte, de manera que puedas tomar una decisión informada. Si aún así decides ir, allá tú. Mi conciencia al menos estará limpia, y no digas que no te lo advertí:

El profesor es un tremendo gil, con la cabeza completamente lampiña desde la frente hasta media nuca. De ahí para abajo se descuelgan largos rizos castaños --al más puro estilo pequeña Lulú-- en una transición solo comparable a pasar del Sahara al Amazonas. Siempre se le ve con la misma ropa: una polera blanca con unos dibujos egipcios, unos pantalones de una tela oscura y delgada con estampados estilo diaguita, y sandalias romanas. Todo milenario, incluso el apellido: griego. En ese país tan moderno existen todo tipo de mecanismos para facilitarle a uno las cosas mundanas (como el lavado de ropa) de modo que el hecho de que a mi distinguido profesor no se le conozca otra tenida no quiere decir necesariamente que esté sucia, aunque a decir verdad, en este particular caso da toda la impresión que sí. Bajo este singular estereotipo no puede faltar una frondosa barba ni muchos otros pelos en muchas otras partes, ni un acento fenomenal, que hace que uno tarde algunos segundos en darse cuenta que no está hablando griego, sino más bien bombardeando inglés a mil por hora.

A los minutos de comenzada la clase, entra un colorín regordete con cara de simpático despistado, de esos tan despistados que llegan a inspirar ternura. A diferencia del anterior, este espécimen no sufre precisamente de alopecia sino —todo lo contrario— de hirsutismo agudo. Pero de alguna manera, gracias a alguna extraña combinación de difracciones, interferencias, reflexiones y refracciones, la luz se las ingenia para eludir el bosque naranja y alcanzar la retina del susodicho, quien, a la altura del ombligo o poco más arriba, luce sin tapujos una vistosa mancha de ketchup en su polera celeste, circunscrita en un inútil círculo de un celeste mas oscuro, resultado de un evidente e ingenuo esfuerzo por diluir el ketchup en agua. Es el profesor de mi otro curso, el mismo que llego diez minutos adelantado a la primera clase, y comenzó no más, cuando habíamos sólo cinco alumnos (al rato empezaron a llegar los otros cincuenta). El mismo que a la segunda clase llegó con un taco mexicano y una coca-cola, y se las ingenió para engullirlos entre frase y frase (claro que sin mancharse la polera, seguramente gracias a que estaba de pie). El mismo que en otra oportunidad no podía acordarse cómo diablos debía comenzar la clase, de manera que pasó varios minutos paseándose cabizbajo y murmurando cíclicamente "mmmmh... so.... OK..." Hasta que una sonrisa triunfal denunció que al fin había encontrado la palabra que andaba buscando. Entonces se detuvo frente a nosotros, irguió la cabeza, que aún contenía tal sonrisa, y pronunció LA palabra que no podía encontrar:

—Hi!

El colorín viene ahora a asistir a la clase del griego, una magistral clase de complejidad computacional, tan magistral y compleja que, una vez más, no entendí ni jota.

Nota del autor. Reemplace las palabras subrayadas por las que usted habría usado en una conversación cotidiana. Y entonces, si usted usa esas palabras todos los días ¿con qué derecho me va a criticar las palabras que voy a usar en mi próxima colaboración? ¿Ah?


Un cuento erótico

En realidad este cuento no tiene nada de erótico, ni de cuento tampoco. Pero ya que el sugerente título atrajo sus ojos libidinosos, ávidos de placer barato y efímero, y ya casi ha terminado de leer el primer párrafo, ¿por qué no tiene la bondad de leer hasta el final esta tierna historia de amor puro? Tal vez así redima su sucia conciencia, y de paso, quizás me ayude a comprender por qué hay vacas sagradas más vacas y más sagradas que otras. Dice así la historia:

Riiiiing. Riiiiing. El teléfono, allá afuera. Riiiiing. Miro el reloj: las once, casi. ¿Podrás ser tú, a esta hora? Imposible, me respondo, para ahuyentar todo esbozo de ilusión, que mientras más grande, más dolerá al deshacerse. Riiiiing. No, no puede ser Daniela, me digo, mordiéndome la mano para no pensar, mientras me revuelco en la cama y espero que otro conteste.

Se oye un aló con voz de Pancho, y el corazón me traiciona haciendo retumbar sus latidos en mis sienes. Resulta imposible no hacerme ilusiones. "¿De parte de quién?" Punto a mi favor. Se descarta rotundamente la posibilidad de que sea para el propio Pancho, pues no procedería la pregunta (al menos con esa sintaxis). Sólo compiten contra mí mi viejo, la Vicky, y difícilmente mi vieja, dada la hora. Más de un veinticinco por ciento de las posibilidades a mí favor, por ende. Sin embargo, cuando me llaman a mí es poco usual que Pancho pregunte de parte de quién, pero, claro, ese argumento prefiero no integrarlo a mis cálculos absolutamente subjetivos, que, en los escasos segundos de pausa, mi mente alcanza a procesar.

—Ah, ya —como si fuera obvio quien llama, dice el Pancho.

Todas las ilusiones que quise reprimir se me arrancan ahora y no las puedo atrapar para volverlas al lugar que les corresponde: vuelan alto. Es que si fuera la Daniela quien llama, Pancho habría dicho "ah, ya", exactamente con el tono de voz con que lo dijo, pues es casi obvio que si me llaman a mí, no ha de ser otra que la Daniela.

—Papá, teléfono.

Desde las alturas en que volaban se desplomaron, al quedarse sin aire que las sustentara, las esperanzas de oírte. Y tan alto como volaban, tan fuerte se golpearon al encontrarse con la dura realidad. Te lo advertí, pero no me hiciste caso, le dice mi yo racional a mi yo emocional. Y mi yo emocional se queda mudo de vergüenza.

Riiiiing. Otra vez. Pero ahora se oye extrañamente sordo y lejano ese sonido. No es motivo, en todo caso, para que no despierten del aturdimiento las estropeadas ilusiones. Como que abren un ojo primero, luego el otro, y finalmente yerguen la cabecita entera para oír mejor de qué se trata este ruido. Pero parece que no es el teléfono de esta casa el que suena, sino el de la película que están pasando por la televisión. Aunque quizás el teléfono está en la pieza de alguien, con la puerta cerrada, y por eso se oye tan débilmente. Es el único argumento —pésimo por lo demás— que se me ocurre para mantener la posibilidad de que sea Daniela que me está llamando. Es que nada. Alguien abre una puerta y no queda duda: era la película, por cierto. Vuelvo a mi estado intrínseco de espera desesperanzada, de insomnio perpetuo pero acechante, mientras las ilusiones vuelven a adormilarse.

No alcanzan a cerrar ambos ojos cuando vuelve a oírse la campanilla del teléfono, positivamente de ESTE teléfono, que parece que quiere convertirse en protagonista de esta historia absurda. Ah, no, esta vez voy yo personalmente a salir de dudas. Las ilusiones, aún cuando horriblemente maltrechas, se recuperan sorprendentemente para reemprender un vuelo tanto y más alto que los anteriores, como si no aprendieran con la experiencia que la altura es peligrosa. Alarma general. El corazón, cómplice nuevamente, bombea sangre con fuerza a un cerebro que se hace todo emocional y nada racional, y que aprovecha ese ímpetu para vislumbrar por una fracción de segundo la dicha total que significaría que, por una vez en este nefasto día, las probabilidades se volvieran a nuestro favor. No importa que ya sean las once y media, que a esta hora lo único posible es que la Daniela esté cómodamente instalada en su parcela, donde no hay teléfonos ni de juguete a su alcance, y pensando en cualquier cosa menos en llamarme. No, no importa, nada de eso importa. Esta vez sí que es Daniela, mierda, cómo no va a ser ella, tan amorosa, que se acordó de mí.

En medio de estas cavilaciones tormentosas, el cerebro milagrosamente envía los impulsos eléctricos adecuados para coordinar los músculos que levantan mi cuerpo y lo llevan al teléfono. Dueño ya del aparato, decido esperar un ring más. La pausa se hace interminable, aterradoramente interminable... pero termina, y apenas comienza el siguiente ring, inspiro profundamente, levanto el fono con mi mano sudorosa, se me cae y lo alcanzo a atrapar justo antes que golpee el piso con estrépito, lo acerco a mi oído, cierro los ojos para oír mejor su dulce voz, y digo, casi imperceptiblemente para no perderme nada, un tenue aló.

—Aló, ¿está la Vicky? —pregunta el hijo de puta con una voz brutal que me abofetea la cara y que sabe a mierda al lado de la que esperaba oír. Hágase el vacío, debió haber dicho el sujeto, en vez. El vacío, en cualquier caso, no tardó en hacerse. Caída libre para las ilusiones, una vez más.

—Vicky, teléfono —le digo con furia, como si ella tuviera la culpa, y con envidia porque la llaman a ella y no a mí. Y vuelvo a la dura realidad de mi cama, resignándome a una noche de vigilia ansiosa y solitaria. Ahora sí que definitivamente no hay caso, así que paciencia, que mañana será otro día. Daniela no va a llamar esta noche. Aunque en una de esas...


De propio peculio

Máximo Zorreguieta venía de la cosecha de alcaparras. Recién había pasado Champa, y por lo tanto —como lo dicta la geografía chilena— le faltaba poco para llegar a la Laguna de Aculeo, ese lugar en que antaño abundaban bellas y desprotegidas cúpulas, pero que los tiempos modernos se habían encargado de ensuciar con condominios pintados a látex, usualmente de color rosa pálido.

Máximo traía tantas alcaparras en el cubo, que se veía un poco anómalo. En realidad había alcaparras por doquier en ese vehículo, tantas, que ni siquiera se podía sentar cómodamente. Ya no aguantó más y tuvo que detenerse; apenas se apeó sintió un alivio enorme.

Sin darse cuenta, se habia estacionado justo frente a la casa de Don Eulalio, quien en ese momento agachado realizaba hercúleas labores para plantar bulbos y toda clase de tubérculos en su antejardín. Fue entonces que Máximo sintió un hedor bastante peculiar, y finalmente no resistió más la curiosidad y preguntó:

—Oiga Don Eulalio ¿por qué tiene tanto olor a pisco acá, cerca de la verja?

Don Eulalio, que era medio sordo, prefirió hacerse el sordo completo antes que dar explicaciones incómodas, y Máximo no se atrevió a insistir.

Don Eulalio tenía una hija putativa, la Regina, que se dedicaba a la internación ilegal de tarántulas, un negocio exótico y clandestino, pero lucrativo. Regina tenía un afiche camuflado en una esquina estratégica del pueblo para promover sus servicios. Aquellos clientes que se enviciaban especulando solían ponerlo todo en el negocio de Regina. Así fue como amasó una jugosa fortuna, de la cual hacía alarde invitando a sus amigos a restoranes lujosos de la ciudad. La abultada cuenta siempre la pagaba de su propio peculio.

Regina contrajo nupcias con Tulio, a quien había conocido en Penco durante uno de sus viajes de negocios. Apenas se casaron tuvieron su primera discusión para decidir si vivían en Penco o en Champa. Muy apenado, Tulio tuvo que acceder a la presión de Regina. Cuando nació su primera hija tuvieron otra disputa, pero finalmente acordaron llamarla Virginia.

Desde que se separó de su esposa, Tulio no ha hecho más que beber y beber por la Regina, recordando todas las coplas que echó al viento durante el noviazgo. Tulio siempre estuvo convencido de que fueron sus numerosas coplas las que finalmente hicieron desaparecer los problemas de Regina relativos al clima de Champa que le impedían gozar de Aculeo como el resto de los mortales.

To be continued...


Coloproctólogo

Todo orondo, yo, Rodolfo, como por montón. Corto pollo con corvo oblongo, no tomo oporto, no sorbo, solo como, como, como. Yo no como como los mohosos monos con copo rojo, no, yo como con poco coco.

Mmmmm, ¡cómo gozo! Como todo, no solo los contornos. ¡Mozo! Opto por otros dos pollos con choclo, ¡pronto! Mozo poco ortodoxo, todo pomposo como todos los otoños, no notó costoso cordón color oro. Plof, chocó como plomo con promotor morocho, botó los toscos toldos; lo polvoroso nos provocó sofoco.

¡Socorro, no soporto dolor! ¿Lo compongo, mozo? No, no os conozco yo. Mozo tonto, yo no corrompo, solo coloco hombro, codo, tronco, todo lo roto, no cobro los dos ojos, cobro poco. ¿Sos moroso o doloso? No obsto.

Con todo honor,

Doctor Rodolfo Troncoso Soto
Coloproctólogo
Los Olmos 282
Osorno


Para el bronce

Está equivocado, ¿de parte de quién? —Juan.

¿Por qué ayer me dijiste que era retardada? —Doctora Ulriksen.

Había humanos, humanos vivos. —Ada, 4 años.


Poema de Osnofla

Fue una tarde triste y pálida;
de su trabajo a la sálida,
pues esa mujer neurótica
trabajaba en una bótica.

La encontré por vez primera
y una pasión efimera
me dejó alhelado, estúpido,
con sus flechas el Dios Cúpido,
pues su puntería sabia
mi corazón herido habia.

Me acerqué y le dije histerico:
"Señorita, soy Federico."
Y me respondió la chica:
"Yo me llamo Veronica."
Y en el parque a oscuras, solos,
nos amamos cual tortolos.

Pasó veloz el tiempo árido
y a los tres meses, el márido
era yo de aquella a quien
creía pura y virgén.

Llevaba un mes de casado.
Lo recuerdo, fue un sabado:
la pillé besando a un chico
feo, flaco y raquitico.

De un combo lo maté casi,
y a ella le hablé asi:
"Te creía buena y cándida,"
"y has resultado una bándida."

"Hoy mi honor sólo indica,"
"mujer perjura y cinica,"
"después de tu devaneo,"
"que te perfore el craneo."

Y maté a aquella mujer
de un tiro de revolver.


La Tacirupeca Jarro

Bai la Tacirupeca Jarro por a veztra del quebos dotancan:

—Lalatra, lalatra.

Docuan de topron ¡saz! el bolo:

—Dedon vas Tacirupeca, dedon vas —jodi el bolo.

—Voy a saca de mi talibuea que taes talima en maca —jodi la Tacirupeca.

—Te goha una ciatenpecom —jodi el bolo —Tu te vas por el nomica tocor por a veztra del quebos y yo por el golar.

La Tacirupeca tocepa la ciontaviin y riocó por el nomica golar, ya que el bolo la biaha doñagaen. El bolo gollé romepri y cotó la tapuer de la saca de la talibuea:

—Cot, cot.

—¿Es nieq? —jodi la talibuea.

—Soy yo Tacirupeca —jodi el bolo.

—Sapa, sapa tacitenie —jodi la talibuea.

El bolo sapó y se la miocó. Y gollé la Tacirupeca y cotó la tapuer de la saca de la talibuea:

—Cot, cot.

—¿Es nieq? —jodi el bolo.

—Soy yo Tacirupeca —jodi la Tacirupeca.

—Sapa, sapa tacitenie —jodi el bolo.

La Tacirupeca sapó y docuan el bolo se la bai a merco.... gollé el dorzaca y ¡Mup! ¡Mup!... la vosal. NIF


Compañero Conserje

Coming soon. The story is that my uncle Carlos, when he was a kid, got home proudly showing the letter "C" he stole from the theater's C row. However, my granddad wasn't happy about it: he scolded my uncle and wrote an apologetic letter to return the C to the theater administrator. Only that every word in the letter started with C.

I'm trying to get my father and uncles to reconstruct the letter. I only know the beginning:

Compañero Conserje:

Contrito confieso confisqué C.


Un poema negro

Aunque nunca antes
he escrito un poema,
trataré de escribir uno
en esta noche.

Un poema negro,
porque esta es
una noche negra;
con letras escarlatas,
porque este lápiz
escribe rojo;
con palabras frías,
porque el aire
está gélido;
en un papel en blanco
como mi mente;
con una mano agotada
bajo una luz fugaz
porque el amor
es ahora desamor,
y dedicado a nadie
porque estoy solo.


Un poema azul

Oops! I couldn't find it. Either I'll have to get it from the recipient or write it again.

Update: I found it (well, she did). Wasn't a poem proper, but it was blue. Here it is:

Quisera regalarte una flor azul. Pero me costaría encontrar una flor azul que te merezca. Además —no se por qué— no me sentiría cómodo regalándote una flor.

Me gustaría quizás regalarte un pájaro libre para que comprendas la libertad que llena mi cuerpo al amarte, porque amándote me siento libre. Pero los pájaros libres no me pertenecen, así que no podría regalarte uno.

Quisiera ser poeta para escribirte el poema más dulce que hayas leído, pero no lo soy. Sería capaz de robarle a alguien algunos versos de amor para entregártelos a ti, pero no me servirían porque estarían inspirados en un amor distinto, y no serían tan dulces como los que necesito regalarte.

He decidido entonces regalarte algo que sí es mío: estas palabres, que también son azules, también libres, y también dulces. Así que estas palabras son para tí, y quiero que sientas al hacerlas tuyas lo mismo que sentirías si te regalara un poema dulce, una flor azul, o un pájaro libre.


Chiapas

—Compráaalo, uno.

La voz es tan suave y arrulladora que no altera mi asoleada laxitud en una banqueta de la plaza de San Cristóbal de las Casas.

—Compráaalo, uno... barato.

Alzo la vista y encuentro una mano que me muestra muñequeras y cintas multicolores. Más allá, un rostro moreno, imprecisamente joven, me escudriña con sus enormes ojos almendrados; dos trenzas tan negras como largas; una blusa o huipil de algodón blanco con coloridos bordados en el pecho, una falda de gruesa tela negra sujeta a la cintura for una faja tejida a telar; pies desnudos y curtidos.

Se vislumbra un bulto que cruza diagonalmente la espalda de la mujer, envuelto en una manta cuyos extremos se enredan en un nudo a la altura del pecho. Recién adivino su contenido cuando distingo unos diminutos piececitos que se escapan por debajo de la manta, asomados por detrás de la cintura de ella.

Niego lo más suavemente posible con la cabeza, porque si bien no quiero comprar las artesanías que me ofrece, tampoco deseo ahuyentar esa dulce voz que me cautiva. Ella, sin amilanarse por mi negativa, decide cambiar de estrategia.

—Compráaalos, todos.

Sigo negando con la cabeza. Ella descubre la cámara fotográfica y ofrece posar para una toma.

—Un foto, diez mil. La miro, sin degar de negar.

—Un foto, cinco mil.

No hay cambio en mi actitud y entonces ella regresa al punto de partida.

—Compráaalo, uno, bonito —dice, mientras me pone una pulsera en la muñeca. Debo explicarle varias veces que no puedo, para que desista. Finalmente, con una sonrisa, siempre con suavidad y dulzura, casi con un murmullo apenas perceptible, me dice adiós y se aleja con su cargamento de humanidad y artesanías en busca de otro extranjero.


Cover letter for a job application

Alvaro Campos
Jefe del Departamento de Ciencia de la Computación
Escuela de Ingeniería
Universidad Católica de Chile
Presente

Estimado Alvaro:

En el aviso en que se llama a concurso para el cargo de docente e investigador en el departamento que diriges, se pide explicar las razones de postulación. Pues bien, yo postulo por ignorante y codicioso.

Después de varios años de trabajo en el poco místico ámbito empresarial, decidí cambiar de rumbo, pues sentía la necesidad de dedicarme a actividades más sublimes (y más entretenidas). Así fue como ingresé al magister en ciencia de la computación (con el apoyo y esfuerzo de mi esposa), sin saber muy bien en que terminaría esta aventura, pero siempre pensando en que me serviría de trampolín a una actividad más acorde con mis intereses, es decir, una actividad menos comercial y más ligada con la ciencia.

Ante esta oportunidad que aparece ahora de trabajar como investigador y docente, en primer lugar, debo confesar que jamás la imaginé al iniciar mi postgrado. Pero hoy día, a punto de defender mi tesis, sé algo que antes no sabía: ahora sé cuan ignorante soy. Es esa ignorancia la que no me deja tranquilo, y me impulsa a seguir aprendiendo. ¿Y qué mejor lugar para aprender, que la Universidad? ¿Y qué mejor medio para aprender, que investigando? ¿Y qué mejor recompensa, que enseñar lo aprendido? Por eso mis razones son codiciosas: postulo para aprender y enriquecerme.

Pese a mi ignorancia, mis antecedentes me permiten confiar con convicción en un desempeño productivo y plenamente satisfactorio, en caso de ser favorecido con el cargo. Te saluda,

Juan E. Navarro


Spanish sentences are longer?

Spanish: Anteayer cené con el farero, su suegra y su bisnieta.

English:  The day before yesterday I had dinner with the lighthouse keeper, his mother-in-law and his great-granddaughter.